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Escuela Música
Edición digital de la Escuela Música del padre Fr. Pablo Nassarre
CAPÍTULO IV.
DE LA PRIMERA PARTE DE LA Música, que es la que hacen los cielos, y cómo la que usamos es por influjo de aquélla.
Es común opinión entre todos los filósofos y astronómicos, el movimiento continuo de las esferas celestes desde el punto de su creación; asimismo, la desigualdad de sus cuerpos, pues unas son mayores que otras. Así también son distintas en las [9] distancias, así consideradas desde la tierra a cada una de ellas, como consideradas en la circunferencia de cada una de por sí. También se halla diversidad de unas a otras en los grados que caminan, siendo velocísimo el movimiento, de cuyas distancias nace diversidad de proporciones, verificándose lo que dice el Espíritu Santo, que todas las cosas fueron criadas con número, peso y medida. De todos estos movimientos infirieron los filósofos antiguos, doctores y Santos Padres, haber sonido armónico en los cielos. Y aunque Aristóteles, en el segundo de Caelo , dice no haber sonido, por no haber aire en aquel lugar, respondo que el aire, si no hubiera sido criado con la virtud armónica, no pudiera formar sonido, y mediante esta virtud, lo forma. La Divina Providencia crió los cielos con la armónica virtud, y no necesitan del aire para formar sonido, por contener en sí la misma virtud con que el aire lo forma. Macrobio dice que del movimiento de los cielos se infiere el sonido. Más dijeron los platónicos, pues para probar que había sonido en los movimientos de las esferas, dijeron que había una sirena sobre cada una de ellas, queriendo expresar con esto hay concento músico. Lo mismo dijo Proclo: el cielo está lleno de concentos músicos y deidades superiores, y que la armonía de los cielos se nos comunica.
Y Ludovico Vivadlo, hablando de cuando Dios crió los cielos, dice que dispuso que sus movimientos expresasen el concento músico. Y Boecio dice que con haber seis mil años y más que fueron criados los cielos, siendo el movimiento continuo, jamás se han destemplado ni desacordado sus armonías. Son, como se ha dicho arriba, los movimientos unos más tardos que otros, dispuestos con tal orden por la Divina Providencia, que contraen entre sí las proporciones músicas, como iré declarando, y para que se vea la desigualdad de los movimientos, repárese en lo que dice Jorge Beneto De harmonia mundi . Dice, hablando del nono cielo, que da su vuelta en el discurso de un día de veinte y cuatro horas, que el cielo estrellado, que es el octavo, anda todo su curso en 36.000 años. Saturno, que está en el séptimo cielo, concluye su curso en 30 años. Júpiter en 12 años. Marte en dos, el Sol en uno, Venus y Mercurio en menos tiempo de un año. Y últimamente la Luna en un mes. Aunque se puede hacer algún reparo en las encontradas opiniones que se hallan entre los astrónomos acerca del movimiento de algunas esferas, si es en más o menos tiempo, pues dice Cardano, autor moderno, que el nono cielo cumple su curso en espacio de 49.000 años, y Beneto dice que en veinte y cuatro horas. Y del cielo estrellado, u octava esfera, Cardano quiere sea su curso en siete mil años, y Beneto en 36.000, pero no hace al caso para nuestro propósito, pues por eso no dejamos de hallar las proporciones ajustadas en sus distancias y movimientos.
Proporcionando, pues, la desigualdad de los movimientos, hallamos, según la opinión de Beneto que dice de Saturno cumple su movimiento en 30 años, y Júpiter en 12, se halla la proporción sexquialtera. De Júpiter a Marte, que cumple su movimiento en dos años, se halla la proporción sexdupla. De Marte al Sol, Venus y Mercurio, que cumplen su movimiento en un año, se halla la proporción dupla. [10] De Saturno al Cielo estrellado se halla la proporción millecupla. Estas proporciones son de la mayor o menor velocidad con que dan su vuelta las esferas, de donde nace el mayor o menor sonido armónico, pero las proporciones de lo que distan unas de otras son las que forman las consonancias, y son las siguientes. Desde la Tierra al Cielo de la Luna, que es el primero, se halla proporción sexquioctava, que es el intervalo de tono, desde la Luna a Mercurio se halla la proporción sexquiquinta décima, que es de diez y seis a quince, que es la distancia de un semitono mayor, el cual hallamos entre mí y fa en la música. De Mercurio a Venus se halla la proporción sexquivigésima cuarta de veinte y cinco a veinte y cuatro, que es el semitono menor. Desde Venus al Sol está la proporción sexquituinta, que es de seis a cinco, proporción de la distancia de la especie de tercera menor. Desde el Sol a Marte se halla la proporción sexquioctava de nueve a ocho, que es la misma, que la que llamamos tono de re a mi . De Marte a Júpiter se vuelve a hallar la proporción sexquiquinta décima, que es de diez y seis a quince, y la misma distancia que tiene el semitono mayor de mi a fa . De Júpiter a Saturno la proporción sexquivigésima cuarta de veinte y cinco a veinte y cuatro, que es la del semitono menor. Desde Saturno al Cielo estrellado, u octavo Cielo, se halla la proporción sexquiquinta décima, que es la del semitono mayor. De modo es que desde la tierra hasta el octavo Cielo hallamos formado un diapasón, u octava: desde la Tierra al cuarto, que es el Sol, el diapente o quinta, y desde el Sol a la octava Esfera, la cuarta perfecta o diatesaron.
Quiero decir antes de pasar adelante que esta palabra, Diapasón, es nombre griego y es lo mismo que en lengua latina mater consonantiarum, porque encierra o incluye todas las consonancias de la música de extremo a extremo. Ya queda dicho de la quinta y cuarta, ahora digo que la distancia que hay desde la Tierra a Mercurio, que es el segundo Cielo, se halla la tercera menor, que es de la proporción sexquiquinta, que es de seis a cinco, y desde la tierra a Venus la tercera mayor, que es de la proporción sexquicuarta de cinco a cuatro. Desde la Tierra al Sol ya queda dicho hay distancia de diapente o quinta, pero comparado el Cielo de la Luna con el Sol, se halla una cuarta perfecta. Desde la Tierra a Marte se halla una sexta mayor, que es de la proporción supervi parciente tercia, que es de cinco a tres, desde la Tierra a Júpiter se halla una séptima menor, que es de la proporción super septi partiens nona, que es de diez y seis a nueve. Desde la Luna a Júpiter se halla la sexta menor, que es de la proporción super triparciete quinta, que es de ocho a cinco. Desde la Tierra a Saturno se halla especie de séptima mayor, que es de la proporción septiparciens octava, que es de quince a ocho. Desde la Tierra al Octavo Cielo ya queda dicho cómo se halla el diapasón u octava, de donde claramente se puede ver cómo se hallan entre las Esferas las mismas proporciones que hallamos en la música instrumental de sonido a sonido. Y porque donde éstas se hallan de sonido a sonido no puede faltar la consonancia, se sigue que, habiendo diversidad de sonidos, como consta de todo lo arriba dicho en las Esferas, [11] ha de haber necesariamente variedad de consonancias, mayormente siendo unos sonidos graves y otros agudos, pues como dice Cerone, cap. 14 del segundo libro, adviertan que cuanto más los círculos o planetas son más bajos y más cerca de la Luna, causan sonido más grave, y cuanto son más altos y más se allegan al Cielo más alto, resuenan más agudamente. Y Marco Tulio Cicerón dice: la naturaleza nos enseña que, siendo de una parte grave y de otra aguda, puestas en debida proporción, sus extremos han de formar consonancia, de donde se infiere que los Cielos forman diversidd de consonancias. Y lo que más confirma lo referido es lo que hablando el Señor con Job le dice: ¿quién dará razón de los Cielos y quién penetrará su concento?. En estas breves palabras nos da a entender la dulzura grande de sus armoniosas consonancias, porque esta palabra, concento, no sólo expresa sonido, si toda perfección de música. De todo lo cual infiero que no tan solamente los cielos tienen sonidos diversos y forman consonancias dulcísimas y armoniosas, sino desde el principio que fueron criados hacen música siempre con grandísima variedad, y la harán así mientras Dios los mantuviere en el ser con que los crió. Y que siempre estén haciendo música diferente sin que se parezca una a otra, se infiere de que los movimientos de todas las Esferas, unos por más y otros por menos veloces, jamás pueden convenir una vez en lo que convinieron otra.
Éste es uno de los grandes motivos que tenemos para admirarnos de las obras de Dios y engrandecerle por ellas, pues sólo en aquel poder infinito y sabiduría infinita pudieran caber tales maravillas. Bien lo dice David en el Salmo 18: los Cielos publican la gloria de Dios y el firmamento publica las obras de sus manos. Y si bien se repara, no menos admiración nos puede causar el no oír la armonía, pues siendo tan grande, como se infiere de los velocísimos movimientos y de la magnitud de los cuerpos celestes, si no fuera por particular providencia del criador, había de llegar a nuestros oídos el sonido. Los pitagóricos dijeron que lo oían y se salían a la campaña para que otros ruidos no los embarazasen, pero sin duda era antojo de su fantasía, y Plinio da razón de no oírse, y es porque dicen ser tan grande la armonía que excede a la potencia auditiva. Dice Boecio que el no oír los hombres este sonido es porque conviene así por muchas causas o razones, las cuales no las da, pero no hay duda en que una de ellas es que quedamos privados desde el pecado de Adán del deleite que nos podía causar la dulzura grande de tan divinos y armoniosos concentos.
Pues si los oyéramos, nos arrebataría tanto las potencias que quedaríamos incapaces para poder obrar por medio de ellas, privándonos con la abstracción de las cosas de esta vida y padecer en ella. Pero ya que la Altísima Providencia ha dispuesto el que no gozáramos de aquellos concentos armoniosos, quiso que por sus influencias inventasen los hombres otras armonías que fuesen más acomodadas a la capacidad humana, que son las de la música instrumenta, que es lo que basta para que vengamos en conocimiento de aquellas por cuyo influjo usamos éstas, pues hallamos que en todas las partes [12] que componen la música de que usamos, predominan las Esferas Celestes. Siente son los que llamamos signos en la Música, por ser señales en que se figura el canto, y siete son los Planetas que forman el concento de los Cielos. Sobre Gesolreut predomina el Sol, sobre alamirre la Luna, sobre befabemi Marte, sobre cesolfaut Mercurio, sobre delasolre Júpiter, sobre elami Venus, y sobre fefaut Saturno. Y porque luego en la Música se repite gesolreut para el complemento del diapasón u octava, entre las Esferas es el Cielo estrellado, o Firmamento que dicen los astrónomos.
También son doce los signos del Zodíaco, donde tienen más o menos fuerza los influjos de los planetas, según se hallan en ellos, y doce son en la música las consonancias que contiene el sistema máximo llamado quincena de los prácticos, haciendo más o menos armoniosa la música, según la disposición de ellas, como adelante se irá viendo. También resulta la armonía de las Esferas en su más o menos veloz movimiento, como en nuestra música la más o menos aceleración de las figuras. Sería nunca acabar si todas las partes fuéramos combinando de esta música con las de aquélla, y así por lo dicho se puede inferir ser ésta inventada por influjo, pues nadie niega los influjos de los astros, y así quiso Dios que por este medio hallasen los hombres esta música. El motivo que he tenido para hacer esta breve descripción de la música celestial, y el que tendré para lo que trataré en el capítulo siguiente, ha sido porque, habiendo de tratar en el discurso de esta obra de raros efectos que hace la música, no haya quien los extrañe, sabiendo las influencias de los cielos, y que la Música de la tierra es influencia de aquélla.