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Escuela Música
Edición digital de la Escuela Música del padre Fr. Pablo Nassarre
CAPÍTULO PRIMERO. ELOGIOS DE LA MÚSICA
Entre los grandes beneficios que Dios hizo a los hombres, no fue el menor haberles manifestado variedad de ciencias para que, siguiendo a su inclinación, cada cual pudiese llegar a poseer la prenda más estimable de este mundo, que es la Sabiduría. Aunque muchos bien hallados con su ignorancia más quieren parecer a las criaturas inanimadas que imitar a su Criador, que es fuente de sabiduría inagotable. Uno de estos fue sin duda a quien dijo Diógenes, viéndole sentado sobre una piedra: Lapis super lapidem. Otra vez, llamando a los hombres desde una eminencia, exclamó diciendo: Venite homines ad me. Y acercándosele solamente ignorantes, dijo: Non vos, sed homines quaero. De donde se ve claramente que este filósofo sólo apreciaba a los sabios. ¿Pero qué mucho si dice Bion filósofo que excede la Sabiduría a las otras virtudes tanto, como la vista a los sentidos? Y el Espíritu Santo en el Eclesiástico dice: que la Sabiduría alabará el alma de su poseedor, que es lo mismo que decir estará rica de virtudes. Y por eso prosigue diciendo: se honrará en Dios y en medio de su Pueblo estará llena de glorias. Y si todos los hombres conocieran el grande tesoro que poseen los sabios más aplicados a las tareas del estudio, procurarían hacerse participantes de los tesoros inapreciables que se adquieren en cualquiera ciencia.
Alguna disculpa tienen los profesores de la Música, por no ser tantos los escritos de esta ciencia como de otras. Y aun esto me motiva a dar alguna luz a los deseosos de aprovechar en ella. Pero antes de entrar en este asunto, quiero hacer una breve recopilación de los muchos elogios que dijeron de esta nobilísima arte, así los filósofos celebrados de la antigüedad, como muchos de los Santos Padres y otros gravísimos doctores. Ludovico [2] Bibaldo dice que el teólogo debe ser músico, y dice más adelante el mismo que Cristo, como principio de todo el arte o ciencia teológica, fue peritísimo y gran maestro de todos los músicos, que fue lo mismo que decir fue gran maestro de capilla. Tanto era el aprecio y estimación que hacían los antiguos de esta ciencia que dice San Isodoro: tan aborrecible era la ignorancia de la Música como de todas las demás ciencias.
Lo que me causa mucha admiración es que algunos profesores de otras ciencias se tengan a menos el serlo de ésta, cuando tantos santos y doctos se gloriaron en tan alto ejercicio. Dice Quintiliano, hablando de la Antigüedad, que era tan celebrada la Música de aquellos varones insignes que era tenido por uno de ellos el músico. Y consta de los libros de los filósofos que ninguno podía recibir el grado de filósofo si se hallaba ignorante de la música. Y en confirmación de lo dicho, dice Esteban Roseto que la música según los griegos fue de grande honor, y ninguno era juzgado adecuadamente sabio ignorando la música. Y Marco Tulio Cicerón dice que Temísteocles por haber rehusado la lira, siendo uno de los convidados del banquete, fue tenido por el menos docto. El mismo, y otros muchos, refieren que Sócrates, siendo de edad de más de setenta años, aprendió a tocar la lira, y preguntado por qué tan anciano aprendía de música, respondió que por no morir tan ignorante.
Y que Quirón, habiendo de enseñar a su discípulo Aquiles en las primeras artes, que le enseñó en su tierna edad, fue la música una de ellas, para que con el deleite y suavidad de ella se le hiciese menos sensible, más fácil y suave el aprender las otras, y se criase con virtud y buenas costumbres. Boecio afirma en su Música que Sócrates, Platón y todos los Pitagóricos ordenaron una ley que todos los mancebos fuesen enseñados en esta ciencia, para que por este medio gobernasen sus costumbres con el dictamen de la razón. La causa de esta ley fue porque la naturaleza de los mancebos es inquieta y deseosa de cosas deleitables, y por eso no recibe disciplina grave y severa, y teniendo a la música por medio para quitar semejantes inquietudes, por su honestidad y excelencia hacían que los mancebos la estudiasen, para con su deleite entregarse a la virtud, que es el poder que tiene, así en los mancebos como en todo género de personas. Lo cual confirma San Severino diciendo: la música aprovecha para adquirir buenas costumbres y favorece a las virtudes.
Y por eso en Italia llaman a los músicos virtuosos vulgarmente, dando a entender en esto ser virtud el profesar esta ciencia. Por tal la tenía el Rey David, cuando excitado por ella, habiendo instituido músicos que pulsasen instrumentos y cantasen para acompañar el Arca del Testamento, los quiso acompañar saltando y bailando delante, teniendo por menos la autoridad de Rey que loar a dios con tan noble ejercicio. Como consta del Paralipomenon. Y del mismo Rey David leemos en el primero de los Reyes que pulsaba su cítara, con cuyo sonido apartaba el espíritu malo de Saúl, y lo sosegaba.
[3] Nuestro Padre Adán supo todas las ciencias, y también puso en práctica la música, pues como dice Cenebrardo, cantó el mismo día que fue criado. Y lo mismo el Catapetrense, y añade que lo que compuso y cantó fue el salmo 91, que dice: Bonum est confiteri Domino . Y en otras muchas partes de la Sagrada Escritura hallamos que no se desdeñaron varones insignes de ejercitar la Música.
De San Gregorio Magno refiere Posidonio que no sólo ejercitaba la música eclesiástica, sino es que la enseñaba siendo Papa, y últimamente dice Ludovico Bibaldo, de perfecutione Ecclesiae , como dije arriba. No solamente Cristo fue peritísimo músico, sino es que también hallamos ejercitó la música y la puso en práctica, pues dice el evangelista San Marcos que Cristo, habiendo cantado el himno, salió al Monte Olivote, y el reverendo padre Fr. Diego Murillo con muchos expositores dice que esta palabra, himno, es lo mismo que alabanza de Dios cantada, y si según San Isidoro la música consiste en canto, y Cristo cantó, luego puso la música en práctica.
Hilario, obispo pictaviense, exponiendo el Salmo 65 dice ser la música necesaria al hombre cristiano, pues en su ciencia se halla la bienaventuranza. Pues, ¿quién rehusará el ejercicio de semejante ciencia, si tenemos el ejemplo en nuestro primer padre Adán, en el santo Rey David, y en otros muchos Santos Padres del Viejo y Nuevo Testamento, y lo que más es en nuestro maestro y redentor Cristo? Si se precia de cristiano, ¿quién dejará de imitarle? Si la Iglesia militante es imitadora de la triunfante, ¿quién rehusará en ésta el ejercicio de aquélla? Pues consta por los sagrados libros: Quoniam Sancti cum Angelis, & Archangelis, & ovnis militia Caelestis exercitus non cessant, cantare quosidie ante Thronum Deitatis dicentes: Sanctus, Sanctus, Sanctus.
No sólo las letras divinas y humanas nos motivan al ejercicio de esta ciencia, pero aun los brutos dándonos a entender el deleite que sienten por ella, nos excitan a los que usamos de la razón a apreciarla y estimarla. Pues dice San Isidoro con Oroncio Fineo que el caballo se embravece al sonido de la trompeta, el animal de carga no siente tanto la fatiga del camino por el sonido de las campanillas, el sonido de la fístula atrae a los ciervos y se dejan cazar fácilmente, según dice Franquino. Marciano Capella en el noveno de su Música: que la fuerza del canto lleva a los cisnes a cualquiera parte donde se oye, y con el silbo atraen los cazadores a la red a las avecillas. Refiere Plinio de los delfines que es tanta la afición que tienen a la música que, queriendo unos marineros dar muerte a Arión, les pidió por merced le dejasen pulsar su cítara, y atrayendo con el sonido de ella muchos delfines, se arrojó de la nave, y sirviéndole uno de ellos de asilo lo llevó a las riberas de Licaonia, donde tomó tierra, y los naturales le levantaron una estatua para que quedase memoria a los venideros del caso sucedido.
Pero no es tanto de admirar que en las fieras, aves y peces que [4] son vivientes, haga la música semejantes efectos, como en las cosas insensibles e inanimadas. Pues refiere Aristóteles, hay una fuente que, tocando cualquier instrumento músico cerca de ella, está el agua inquieta y desasosegada en continuo movimiento, y en cesando, se quieta y sosiega. Lo que yo puedo asegurar es que formado un sonido cerca de un instrumento de cuerda con la voz, la cuerda que estuviere en unisonus responde al mismo sonido.
Muchos filósofos la llamaron ciencia divina, y no es mucho, pues inflama los corazones, infunde deseos de las cosas eternas, destierra los vicios, enfrena las pasiones, aumenta las virtudes, quita la tristeza, infunde alegría, aplaca las fiebres, mitiga dolores, hace oír a los sordos, cura frenéticos, es antídoto contra veneno, expele demonios, desvela al soñoliento, hace dormir al desvelado, mueve a osadía y pacifica al airado. Los cielos están llenos de concentos, los elementos de sus proporciones y cualidades, el hombre compuesto de sus armonías, participando de ellas todos los vivientes, las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del agua. Y no hay cosa criada en todo el universo que no esté llena del número sonoro, de donde se originan muchos maravillosos efectos, que se dirán en el discurso de esta obra.